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Italian(s) abroad: Pietro Crespi lleva la música a Macondo

Un italiano aparece en las páginas de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez (1928-2014): se trata de Pietro Crespi, músico y maestro de baile.

En su obra maestra Cien años de soledad, Gabriel García Márquez (1928-2014) narra la historia de Macondo, un lugar imaginario de su Colombia natal. Aquí generaciones de la familia Buendía entrelazan vicisitudes con eventos de la historia de Hispanoamérica, en una novela donde el paso del tiempo, marcado por luchas y guerras, se define también gracias a los avances tecnológicos, a los descubrimientos y a las invenciones. Una de ellas es la pianola, “el invento maravilloso que había de suscitar el asombro del pueblo y de la juventud”, y que abre las puertas de Macondo a un apuesto maestro de música, el italiano Pietro Crespi.

Pietro Crespi era joven y rubio, el hombre más hermoso y mejor educado que se había visto en Macondo, tan escrupuloso en el vestir que a pesar del calor sofocante trabajaba con la almilla brocada y el grueso saco de paño oscuro.

Empapado de sudor, guardando una distancia reverente con los dueños de la casa, estuvo varias semanas encerrado en la sala, con una consagración similar a la de Aureliano en su taller de orfebre. Una mañana, sin abrir la puerta, sin convocar a ningun testigo del milagro, colocó el primer rollo en la pianola, y el martilleo atormentador y el estrépito constante de los listones de madera cesaron en un silencio de asombro, antes el orden y la limpieza de la música. Todos se precipitaron en la sala. José Arcabio Buendia pareció fulminado no por la belleza de la melodía, sino por el tecleo autónomo de la pianola, e instaló en la sala de la cámara de Melquíades con la esperanza de obtener el daguerrotipo del ejecutante invisible. Ese día el italiano almorzó con ellos. Rebeca e Amaranta, sierviendo en la mesa, se intimidaron con la fluidez con que manejaba los cubiertos aquel hombre angélico de manos pálidas y sin anillos. En la sala de estar, contigua a la sala de visita, Pietro Crespi les enseñó a bailar.

Como los lectores recuerdan, el elegante maestro está destinado a reaparecer entre Rebeca y Amaranta en las páginas de esta novela magistral ya que, como supuestamente hace todo italiano que se respete, también Pietro Crespi logra romper algún que otro corazón.

Cabe señalar que entre 1861 y 1985 casi 30 miliones de italianos emigraron al extranjero, la mayoria de ellos en la década posterior a la unificación del Reino de Italia. Muchos sin embargo salieron antes de ese período, rumbo a América del Sur. Los “viajes de la esperanza” empezaron con 110.000 unidades anuales para llegar a 300.000 en la última parte del siglo. Si Pietro Crespi tuvo mejor suerte que sus compatriotas, lo dirán los lectores: aquí desvelamos que siendo un novio ambicionado por más de una mujer, tuvo que afrontar sin embargo los reveses de un destino extraño. De la mano de su creador inmortal, Gabriel García Márquez.

Ludovica Valentini

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